El coronavirus, la carencia del amor al prójimo

La estupidez humana y el universo son infinitos”

Albert Einstein

El coronavirus es el demonio, la estupidez humana es la bestia que lo transporta por todo el mundo y no hemos entendido que la vida es un milagro divino y se la hemos puesto de montura a la bestia para que él viaje cómodamente.

En base a conocimientos científicos hago el siguiente análisis:

Antes de hacer tu oración y querer ir al templo, hagamos un viaje a nuestro interior, abrazados del silencio y del amor que ahora anhelamos; al regresar de ese silencio, busquemos un diccionario y comprendamos las siguientes definiciones: clasismo, racismo, individualismo, generosidad, egoísmo y estupidismo, entonces, después de haberlo hecho, hagámonos estas preguntas: ¿Qué he hecho por el prójimo y por nuestro México durante la pandemia?

Te diré que los mensajes electrónicos (facebook, instagram, etc.), donde exhibimos “nuestro look” y “nuestros lujos”, desde el punto de vista científico poco impacta en las emociones y estímulos que el cerebro necesita para liberar dopamina, oxitocina (hormonas del placer, alegría y disfrute), hormonas que aportan a nuestras células ingredientes de vida; en síntesis, no impactan en la bioquímica cerebral como lo haría un abrazo piel a piel o un ¡Te amo! ingredientes mágicos que dan vida y causan un enormemente bien a la salud física y mental.

Lo único que logramos al presumir nuestros lujos y nuestro look en las redes, es asesinar el tiempo que podríamos ocupar leyendo al menos “El Principito”, aprender un arte y sirviendo a quien puedas, porque por muy jodidos que estemos, hasta un indigente puede ofrecer algo.

Al no obedecer las reglas sanitarias, cada día nos alejamos más de ese deleite, por asumir comportamientos como la soberbia y la imprudencia.

Al final de este escenario histriónico, sólo logramos rodearnos de los efectos tóxicos de la envidia, alimentar nuestro ego, pero al apagar el celular nos quedamos más huecos y más solos que un palo sin iguanas…

Y al día siguiente, a estrenar otra máscara para aparentar que somos muy bondadosos, hermosos y generosos… ¡Qué ironía!, el más grande autoengaño!

José Alberto Davizón Lara, Médico Pediatra UNAM