“Del Machete al WhatsApp: La Lucha del Campo entre la Dignidad, la Coherencia y la Conveniencia”

tractores bloquean caseta de el pisal en culiacanProductores agrícolas mantuvieron bloqueada la caseta de El Pisal-La Platanera en Culiacán durante el paro nacional. / Foto: OEM

Los bloqueos carreteros del pasado 14 de Octubre de 2025 representan —como bien señala Jesús
Rojo Plascencia, presidente de la CAADES— un “grito desesperado del campo mexicano”. Sin embargo, detrás de ese clamor legítimo por justicia y rentabilidad, surge una pregunta más profunda y necesaria:
¿por qué las protestas y bloqueos se dirigen siempre al gobierno, y no hacia quienes verdaderamente estrangulan económicamente al productor —los proveedores de insumos agrícolas, los monopolios de semillas, fertilizantes y agroquímicos— que encarecen el costo de producir y se enriquecen del sudor del campesino?
Y quiero dejarlo claro desde el inicio: esta crítica no defiende al gobierno en turno, ni busca justificar la inacción de las autoridades.
Lo que se plantea es una reflexión sobre las formas y los efectos de las movilizaciones actuales, sobre la manera en que se protesta y el daño colateral que provocan —como el bloqueo al libre tránsito de miles de ciudadanos que nada tienen que ver con el conflicto—.
La inconformidad del campo es real y justificada; pero la manera de expresarla, a veces, termina debilitando la legitimidad de la propia causa.

🧭 De las trincheras con machete a los grupos de WhatsApp.
Antes, las luchas campesinas eran resistencia pura y prolongada. Nuestros viejos —los verdaderos hombres y mujeres del campo— peleaban con palos, machetes y convicción. Duraban días, meses, incluso años resistiendo, sin reflectores, sin cámaras, sin doblarse ante una llamada o una promesa económica

Eran tiempos donde la tierra no solo se cultivaba: se defendía. La lucha era parte del trabajo; la dignidad se cosechaba junto con el maíz o el frijol.
Hoy, en contraste, vivimos una época de movilizaciones instantáneas y desmovilizaciones convenientes.
Los líderes se plantan unas horas, levantan pancartas, graban videos, y al primer mensaje de “habrá audiencia” —o quizá algo más— la protesta se levanta y el reclamo se disuelve.
La lucha ya no se gana: se negocia, se administra o se cobra.

La autenticidad en entredicho. –
La causa del campo sigue siendo justa: los productores enfrentan altos costos de producción, precios injustos y ausencia de crédito, pero la conducción de esas demandas ha perdido autenticidad y dirección ética.
Hay un desfase moral entre el discurso del líder y la realidad del productor.
Mientras algunos arriban en camionetas de lujo o maquinaria con tecnología de punta, el campesino auténtico sigue endeudado, empolvado y olvidado.
Y aquí surge la contradicción más evidente:
¿Por qué no se protesta frente a los proveedores de semillas, fertilizantes y agroquímicos que cada ciclo aumentan precios sin control?
¿Por qué no se bloquean las bodegas o empresas que imponen costos abusivos a los productores, llevándolos a sembrar casi con deuda garantizada?

¿Por qué no se exige transparencia en las cadenas de suministro, en lugar de afectar a quienes transitan por las carreteras para trabajar o transportar bienes?
La respuesta es incómoda:
Porque esos actores no son enemigos, sino socios silenciosos de quienes encabezan ciertas movilizaciones.
Es más fácil culpar al gobierno —visible, mediático y políticamente rentable— que desafiar al poder económico que realmente controla el precio del campo y del hambre.

🌱 De la resistencia genuina a la lucha de ocasión. –
Las luchas de antes nacían de la convicción moral.
Eran movimientos autónomos, orgánicos y solidarios, donde el pueblo se organizaba desde abajo, sin discursos prefabricados ni intereses particulares.
Hoy, muchas protestas parecen eventos calendarizados, con fecha de inicio y término, con guion, logística y patrocinador.
Lo que antes fue símbolo de resistencia, hoy es escenografía de presión.
Y cuando la protesta se convierte en protocolo, deja de ser lucha: se vuelve transacción.
¿De qué sirve cerrar una carretera si no se cierran los canales de abuso comercial que exprimen al productor?
¿De qué sirve hablar de soberanía alimentaria si no se exige primero romper los monopolios que definen cuánto cuesta sembrar, producir y vivir del campo?

🧩 El campo como espejo del país.
El campo mexicano refleja la inequidad estructural y la simulación política que imperan en todo el país.
Mientras el gobierno presume “autosuficiencia alimentaria”, el productor sobrevive endeudado.
Mientras algunos líderes exigen justicia, negocian beneficios o cuotas de poder.

Y mientras tanto, el campesino auténtico —el que siembra esperanza y cosecha incertidumbre— sigue invisible.
La transformación del campo no vendrá de más bloqueos, sino de más coherencia.
Se necesita una dirigencia que recupere los valores de antes: resistencia, honestidad, lealtad a la tierra y al pueblo, no a los intereses que se disfrazan de aliados mientras se enriquecen del esfuerzo ajeno.

💬 Reflexión final.
El campo mexicano no necesita más gritos desesperados, sino acciones auténticas, justas y conscientes del impacto social que provocan.
El machete fue símbolo de lucha porque representaba trabajo, dignidad y justicia; hoy, el reto es que el celular y las redes no se conviertan en herramientas de simulación o manipulación política.
Porque protestar no es bloquear al pueblo; es enfrentar al poder real.
Y si la lucha se levanta con una llamada, o se elige al enemigo según conveniencia, el campo no está luchando: está negociando su silencio.

Robert G. Glez.
P.D.: No se trata de defender gobiernos, sino de defender la coherencia y la dignidad.
Nuestros viejos no bloqueaban carreteras, bloqueaban injusticias. No esperaban audiencias, exigían respeto.
Y, sobre todo, jamás olvidaron que la tierra se trabaja… pero también se honra y se defiende.